La edad del deseo, Chèri.

cheri_ver2A principios del siglo XX, París es el centro del mundo. Los artistas, la moda, el teatro, la música… y las cortesanas, esas mujeres tan bellas y experimentadas en el arte del amor que llegan a ser mantenidas con gran confort por los hombres poderosos de la época. Léa de Lonval (Michelle Pfeiffer) es una cortesana que ha conseguido llevar una vida agradable y ya no ejerce como tal. Una mañana va a desayunar con su antigua compañera Madame Peloux (Kathy Bates), que acude acompañada por un joven que resulta ser su hijo, Chéri (Rupert Friend), como ella le llama. Madame Peloux tiene grandes proyectos para él, pero Chéri debe convertirse primero en un hombre. Le pide a Léa que le enseñe, ella acepta y lo que comienza siendo un travieso flirteo se convierte en un apasionado amor que dura seis años. Pero la madre, Madame Peloux, planifica en secreto el matrimonio de Chéri con Edmée (Felicity Jones), la hija de otra cortesana rica, Marie-Laure (Iben Hjejle). Al acercarse la inevitable separación, Léa y Chéri intentan afrontar lo mejor posible la difícil situación, pero cuanto más tiempo pasa más conscientes son de que el amor que les une tiene unas raíces muy profundas.

226.x600.film_.cheri_.rev_Chéri es un producto de artesanía agradable, técnicamente academicista donde su principal tropiezo reside en un guión que no se decide entre la alegoría romántica y el drama decadente. Maravillosa Pfeiffer, imposible no enamorarse por última vez de la actriz más bella de los últimos 25 años, y que ahí está, dándolo todo en este papel que es casi un cierre a su carrera como actriz puramente romántica.

Stephen Frears hace un buen trabajo. Se ve que el proyecto no tenía mucho dinero y por ello los ceñidos planos en exteriores, muy comprensibles en este tipo de producción. Escenarios y vestuarios, notables.

Sin embargo, el guión es su mayor problema y es que la historia se vuelve lenta y pazguatona. Las imágenes son impecables pero el trazo lineal se siente cansada y torpe.

***/5

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El Príncipe de Persia

Príncipe de Persia

Príncipe de Persia, Prince of Persia, Dir. Mike Newell, 2010

Ambientada en la Persia medieval, “Prince of Persia” narra la historia de un príncipe aventurero (Jake Gyllenhaal) que une sus fuerzas con una misteriosa princesa rival (Gemma Arterton) con el fin de detener a un cruel dictador que pretende desatar una tormenta de arena que podría acabar con el mundo entero. En este intento, la alianza cometerá un error, desatando las Arenas del Tiempo, que destruyen un reino y transforman a sus habitantes en feroces demonios… Adaptación al largometraje de la saga de videojuegos del mismo nombre.

La película tiene un comienzo muy bueno, cosa que hace que te metas de lleno desde el principio en su desarrollo. A partir de aquí, la historia se vuelve “demasiado típica”, con clichés propios de este tipo de aventuras: chico pobre con suerte consigue lo imposible, encuentra chica guapa y deberá detener el fin de los tiempos contra un archienemigo.
Las escenas de acción están perfectamente recreadas, con un muy buen uso de la cámara lenta.

Prince of Persia

El salto a la gran pantalla de una de las sagas videojueguiles más famosas de todos los tiempos, encontramos el sello Jerry Bruckheimer, maestro pirotécnico por excelencia, y ya sea dicho, una garantía bastante sólida cuando hablamos de blockbusters. Un valor fiable no sólo por la cantidad de capital que puede poner como soporte para sus proyectos, sino también por saber rodearse de gente por lo menos competente. En esas aparece Mike Newell, eterno director de ‘Four Weddings and a Funeral’ (un antecedente en clara discordancia con el encargo que ha llegado a sus manos este año) pero que no obstante con ‘Harry Potter and the Goblet of Fire’ ya probó suerte en el terreno del entretenimiento de alto standing, y para nada salió mal parado de la experiencia.

Ahora con ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’, se ha echado el guante a una franquicia que todavía no refleja el boom de juegos intelectualmente estimulantes que ha vivido especialmente la actual generación de consolas, pero que por el contrario es una excelente muestra del espíritu de evasión que tradicionalmente ha caracterizado al sector. Un espíritu con el que el séptimo arte ha congeniado de forma asombrosa desde los ancestrales tiempos de Méliès. Huelga decir que este desierto persa se halla lejos, lejísimos de las enseñanzas del ilusionista parisino. La razón obvia la encontramos en lo exageradamente rápido que ha madurado el cine, lo cual ha hecho que donde antes había la fascinación por descubrir nuevos mundos surgidos de una imaginación completamente desbocada, ahora está el más difícil todavía en una búsqueda desesperada del golpe de efecto para impresionar a un consumidor que a estas alturas de la historia, ya cree haberlo visto todo. Donde antes había magia artesana ahora hay ostentosos truquillos digitales.

A la hora de usar estas armas, salta a la vista que Newell se siente como en un banco de arenas movedizas. No se le nota cómodo ni cuando emula al universo espartano de Zack Snyder ni cuando le tocas a la acción. En efecto, los combates, las persecuciones, las batallas… es decir, todas las escenas en las que el espectador debe agarrarse bien a la butaca, parecen pedir gritos ligeros retoques de montaje, o de configuración en los CGI. Donde el realizador británico se desenvuelve mejor es a la hora de imprimir un ritmo endiablado a la cinta, acortándose así las distancias (aunque siempre desde una posición bastante rezagada) con aquellas joyas contemporáneas del cine de aventuras como lo fueron los primeros ‘Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl’ de Gore Verbinski o ‘The Mummy’ de Stephen Sommers.

Prince of Persia

Que no engañen los primeros compases del filme, en los que se hace una referencia incisiva y directa a la guerra de Irak y las inexistentes armas de destrucción que supuestamente la motivaron. El guión firmado por Jordan Mechner (uno de los principales responsables del videojuego original), Carlo Bernard, Doug Miro y Boaz Yakin tiene por único objetivo el de no dar tregua a la audiencia, masacrándola con un encadenado adrenalínico de grandes proporciones.

Al tener claras estas metas tan “bruckheimerianas”, se eliminan todos los obstáculos que podrían entorpecer esta frenética carrera. Olvídense de personajes profundos, de giros argumentales inesperados o de diálogos memorables… este príncipe no tiene tiempo para detenerse con estas tonterías. Tampoco lo tiene el público para bostezar, ya que en medio de tanto ajetreo, se olvida de las pequeñas imperfecciones antes comentadas, así como de la borrachera narrativa del tramo final, en el que ya no sabemos ni donde estamos. La razón de dicha amnesia es obvia: en este imperio persa reconvertido en parque temático, todas sus atracciones chirrían, pero ninguna se permite el lujo de aburrir. Misión cumplida, gracias por jugar.

* * * / 5